lunes, 28 de julio de 2008

El Cristianismo: una relación personal y de fidelidad con Cristo

Es importante tener en cuenta cual es la base, y a su vez, el centro de nuestra religión, y esta es, según nos enseña la Iglesia, la de lograr una experiencia viva del encuentro con Cristo. Ese mismo Cristo nacido de la Virgen María, muerto y resucitado, y ahora presente en la Iglesia por medio de los Sacramentos; ese mismo Cristo es a quien debemos seguir.

El Catolicismo más que en teorías se basa en una experiencia viva del encuentro personal con Jesús. Esto implica entrar en una relación Yo-Tu con el mismo Señor, que ha muerto en la Cruz para salvarnos. Esto es una de las cosas maravillosas de nuestra religión, ya que, como en ninguna otra, Dios mismo se hace semejante a nosotros, tomando nuestra condición humana. A partir de este hecho, que a muchos todavía les resulta increíble, es que el cristiano puede tener un acceso mucho más íntimo a la relación con su Dios.

Como sabemos nuestro Dios es amor, y ese amor lo hizo cercano a nosotros; gracias a esta cercanía, entonces, es que podemos ingresar en la vida de Dios. Esto es, como dijimos, lo que permite que nuestra relación pueda ser personal con Cristo.

Ahora bien, esto que venimos diciendo está plagado de consecuencias para nuestra vida, ya que al tener una relación de amistad e íntima con Dios, debemos responderle como se le responde a un amigo, esto es, siéndole fiel. La fidelidad, podríamos decir, es una virtud fundamental para el cristiano, ya que es, como enseña san Pablo, uno de los frutos del Espíritu: «el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gal 5, 22-23); además la misma palabra “fidelidad” quiere significar el hecho de que alguien es fiel a algo, que generalmente es una obligación moral que debería cumplir, como por ejemplo, el marido fiel es aquel que cumple con su obligación moral —que es obligación en el amor y no meramente en el deber— de respetar a su esposa no engañándola, ni siquiera en su corazón (ver Mt 5, 28); el sacerdote que es fiel es aquel que cumple hasta el último día de su vida la promesa de servir a Dios y a los hombres como Ministro ordenado de la Iglesia; el religioso fiel es aquel que trata de vivir el carisma que le es propio y ofreciéndole a Dios su vida en el cumplimiento de los votos y los consejos evangélicos; podríamos seguir dando ejemplos, pero lo central está dicho: Dios le pide al hombre fidelidad, puesto que esta surge del amor que le tenemos. Podríamos decir entonces que sin amor no hay fidelidad, y sin fidelidad no puede haber encuentro vivo con Cristo. Pero esto hay que considerarlo solamente por parte del hombre, ya que Dios se ofrece siempre y siempre es fiel, pero es el hombre el que se aleja de El con su corazón, por tanto cuando se da este alejamiento no hay verdadera religión Católica, y todo se convierte así en pura formalidad vacía.

El mismo Señor nos promete una recompensa a nuestra fidelidad en la parábola de los talentos: «¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.» (Mt 25, 21.23) y esto porque «El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo mínimo, también lo es en lo mucho.» (Lc 16, 10); Cristo también nos dice: «Manténte fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida.» (Ap 2, 10)

Estas palabras deben movernos a ejercitar aun más nuestra fidelidad hasta en aquellos actos o hechos que consideramos mínimos, porque es allí donde se pone a prueba nuestra respuesta a Dios; es muy fácil ser un cristiano de grandes eventos, pero no lo es tanto serlo en lo pequeño y durante toda la vida. Pero sabemos por la teología y la enseñanza de los Santos, que la perseverancia en el servicio y en el amor a Dios es una Gracia dada por El al hombre, sólo debemos disponernos a ejercitarla poniendo lo que nos toca según nuestro estado de vida.

Finalmente hay que considerar también que esta fidelidad, además de llevarnos a un encuentro personal con Cristo más profundo e íntimo, nos debe impulsar hacia obras de caridad y servicio a nuestros hermanos, y especialmente a lo más necesitados, ya que como dice el apóstol Santiago: «¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras?» y esto porque «la fe, si no tiene obras, está realmente muerta»; que podamos decir como él: «Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe» ( St 2, 14. 17-18); y el que tiene esta fe viva es quien seguramente es fiel, puesto que se llama “fiel” a aquel que tiene fe y que por esto ama, y por esta fe y amor adhiere con toda su vida, interior y exterior, al Señor. El infiel, por el contrario, traiciona, miente, engaña; no fue fiel Judas, si lo fue Pedro, aunque negó al Señor, pero se arrepintió porque lo amaba, y Cristo Resucitado le preguntó tres veces, por sus tres negaciones «¿me amas?» a lo que respondió « Sí, Señor, tú sabes que te quiero » ( Jn 21, 15-17)

Que podamos tener entonces la misma actitud de Pedro, que conociendo su debilidad de hombre, comprobada por él en sus negaciones, retomemos siempre la senda de la fidelidad a Cristo, que no es otra cosa que la renovación del amor en el encuentro personal con El, y que podamos decir confiadamente, como lo hizo Pedro «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». (Jn 21, 17)

Guillermo Gomila

1 comentario:

Prof. Santiago dijo...

y qué difícil no?... todo un camino.
Guille, te felicito por la propuesta, por el artículo y por el diseño. Gracias por agregar el link de mi página.
No faltará oportunidad para el crecimiento a partir de, como dice el propósito del blog, los puentes de diálogo y comunicación.
felicitaciones nuevamente.